La anécdota
Hay quien mira las estrellas para inspirarse… Nosotros, en cambio, miramos el reloj para ver qué hora es en Francia. Porque, seamos sinceros, ellos son los reyes de las coagulaciones lácticas y uno tiene que mantener vigilada a la competencia, igual que quien controla al vecino para ver si le riega las plantas o le copia las recetas.
Total, que un día nos encontramos con un queso francés que nos robó el corazón —y casi la respiración— de lo bueno que estaba. Y ahí empezó nuestra odisea. Pensamos: “Oye, ¿por qué no hacemos algo parecido… pero nuestro? Algo que diga: esto no lo hizo un francés, esto está hecho aquí, con orgullo y un toque de locura controlada.”
Y así llegó LA idea. Esa que aparece una vez en la vida, como cuando encuentras dinero en un abrigo del invierno pasado. Decidimos buscar unas hojas especiales, algo que le diera al queso un toque distinto. Y claro, nada de hojas del parque de al lado. No, no. Nosotros nos fuimos directamente a Japón. Literalmente, desde la otra punta del planeta nos mandan las hojas de cerezo japonés. Eso sí que es vestir a un queso con clase internacional.
El caso es que cuando le pusimos la hoja al queso, aquello cambió por completo. Fue como cuando te pones un traje nuevo y pasas de parecer tú… a parecer una versión mejorada de ti mismo. Pues lo mismo, pero en lácteo.
Al final, lo que intentamos siempre es crear quesos que llamen la atención: que entren por los ojos, que tengan un detalle especial, un algo que los diferencie de sus hermanos. Porque cuando trabajas con la misma tecnología, todos los quesos tienden a parecerse… y ahí es cuando una simple hoja de cerezo japonés puede convertirse en la heroína inesperada de la historia.
En resumen: nosotros no hacemos quesos, hacemos aventuras. Y a veces, esas aventuras viajan más que nosotros.





